Interpretar el silencio

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Si no hubiéramos tenido encuestas antes del 26J y nos hubiéramos encontrado directamente con los resultados electorales, se habría generado algo de sorpresa, pero se habría comentado, se habrían encontrado explicaciones razonables y en general se hablaría poco del por qué del resultado. Partidos viejos que salen reforzados ante la incertidumbre, una unión que no consigue sumar, un partido al que el voto útil y su gestión post-20D hacen que pierda, etc.

Pero ese no es el escenario en el que estábamos. Después de dos meses con el posible Sorpasso por aquí y Sorpasso por allí, en contra de todo pronóstico basado en mil y una encuestas, al final hubo “Sorpasso”, pero del que parecía abocado a ser tercero y consiguió mantener la segunda plaza.

Mucho se ha dicho y escrito sobre qué pudo haber pasado. ¿Por qué fallaron tanto las encuestas? No lo he escuchado ni leído todo y escribo relativamente tarde (falta de tiempo me temo), así que espero no reiterar ningún argumento ya manido, pero quiero aportar mi pequeño granito de arena.

Hoy es fácil vapulear al perdedor, criticar a las encuestas, decir que para eso mejor que no se hagan. Es incluso momento de teorías de conspiración, de manipulación y muchos otros ións. Pero nos solemos olvidar de lo difícil que es hacer bien una encuesta. Para bien y para mal: dándole demasiado peso a lo que dice antes y criticándolas demasiado después.

Al realizar una encuesta hay que elegir bien la muestra, interpretar bien a los indecisos, votos ocultos, etc. En definitiva, ser capaz de hacer una buena cocina. No basta con la información directa que se da, hay que ir más allá.

Y creo que tras el 26J una de las preguntas clave sobre las encuestas es ¿qué pasa con la gente que no contesta a este tipo de encuestas? No todo el mundo tiende a hacerlo, y en principio no es problemático: la gente que no suele votar, tampoco tiende a contestar. Pero, ¿y si un día gente que no votaba y que no contestaba encuestas decide ir a votar? ¿que les pasaría a las encuestas? Lamentablemente sabemos el resultado, fallarían. Es muy difícil capturar bien ese voto.

Y no me refiero al 26J, esto viene ya del 20D. Tomando como referencia la post-electoral del CIS (y con mucha cautela por lo dicho anteriormente y por el perfil de votantes que voy a analizar), de los que declararon que votaron nulo en 2011, en 2015 aproximadamente el 40% votó a Podemos o Ciudadanos. De los que habían votado en blanco, lo hizo el 50%, y de los que no habían votado también el 50% votó a estos nuevos partidos. Para calibrar la idea de lo poco que este tipo de “votantes” responde a las encuestas solo 311 de los 5497 encuestados dijeron no haber votado: un 5,7%, frente al 26,8% que hubo realmente.

Efectivamente, como muchos sociólogos dijeron tras el 20D, estábamos ante un escenario nuevo y difícil de analizar. Pero las encuestas miden cambios de tendencia y eso es difícil en este nuevo escenario. ¿Qué pasaría si los que solían votar mantienen su voto pero los que no votaban ni contestaban encuestas deciden quedarse en casa? Es muy probable que la encuesta no lo detecte, verá que los que decían haber votado a Podemos, siguen votándolo, o que pierde votantes por un sitio y los gana por otro; pero no verían la caída real.

Si la participación no hubiera bajado tanto y tan centrada en Podemos (por ejemplo similar a la del 20D), el PP habría superado por poco el 31.3% de los votos y el PSOE habría tenido un 21.5% de los votos. Más alto de lo que les daban las encuestas, pero esta vez sí dentro de un margen de error razonable.

Las encuestas son un instrumento útil, permiten plantear escenarios posibles y/o probables y con ellos preguntar a los políticos. Necesitamos buenas encuestas que ayuden a que la baraja de preguntas que se les haga a los políticos en campaña electoral se aproxime lo más posible a lo que se quiere saber y a lo que preocupa.

Pero es muy probable que haya que reinventar como conseguir esa información. He visto debatir por twitter si mejor on-line, por teléfono o cara a cara. Creo que lo más probable es que haya entrado en juego un perfil de votante que para comprenderlo, no es posible con un cuestionario y preguntando directamente. Habrá muchas más razones, y lo aquí expuesto es una hipótesis más, pero desde la humilde opinión de alguien que habla más por afición que por conocimiento, creo que hay un gran reto: interpretar el silencio de los que no contestan.

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